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Filosofía Barataria

Metáfora de la sacarina. En busca de lo real

Hace poco he leído un artículo muy interesante sobre nutrición. Donde la nutricionista desaconseja el uso de la sacarina o de cualquier otro edulcorante.

Pero la razón que ella aludía en su artículo era muy distinta a las que había escuchado anteriormente, donde generalmente lo que se resalta de la sacarina es la sospecha de que produzca cáncer, además de encarnar todos los males sanitarios de la cristiandad.

La originalidad del artículo de esta nutricionista radica al indicar que la sacarina, al emular el sabor dulce, provoca que en el cuerpo se produzca una serie de reacciones encaminadas a digerir el azúcar en el cuerpo. El problema es que no hay azúcar que digerir y

el cuerpo se llena de mensajes que no entiende.

Esto en sí mismo ya es un serio inconveniente, pero le sigue un segundo que me parece también muy interesante, al consumir un edulcorante artificial perdemos cierta expectación ante la recompensa por el dulce real, que en verdad es algo que aporta mucha energía al cuerpo humano y es algo positivo para el mismo (aunque nos cueste aceptarlo en una sociedad envejecida y con sobrepeso), por lo que el reclamo hacia el dulce lo perdemos, nos conformamos con lo sucedáneo y no buscamos lo real.

Una conclusión que podemos extraer, es que la sacarina es mala porque nos aleja de la realidad, o lo que es lo mismo, nos aleja de cierto tipo de verdad y el cuerpo se revela, se desorienta.

Esto, que podemos entender desde la nutrición nos cuesta mucho entenderlo desde otras perspectivas.

Muchas veces, como en la que acabamos de hablar, buscamos disfrutar, pero en esta búsqueda del placer, sacrificamos algo muy importante que es la realidad, por lo que terminamos aceptando una realidad disminuida, una realidad “edulcarada”

nos facilita no buscar el fin al que el placer sirve.

Desde un punto de vista hedonista, la finalidad de la vida es el placer, sin darnos cuenta de que el placer nos orienta a otra finalidad que es la realidad o la verdad. Estas dos palabras se unen maravillosamente en la máxima clásica sobre la verdad.

Al oponerme al punto de vista hedonista no me sitúo desde el punto de vista puritano que considera el placer como algo negativo. Todo lo contrario, considero el placer como algo maravilloso que nos orienta y dirige la mirada hacia todo aquello que es real.

 

 

 

Escapando del eterno retorno.